Cómo no construir un museo por el tejado

Resumen

Estamos muy acostumbrados a conocer casos de museos que se han inaugurado y al cabo de los pocos años requieren una reforma importante, de otros que se han construido sin tener en cuenta que necesitan almacenes (o que estos deben ser adecuados y suficientes, porque los fondos crecen) o, incluso, se han levantado edificios destinados a ser “museo de algo” sin saber muy bien de qué. Hoy, un museo se ha convertido en un símbolo de prestigio, en una apoteosis política de la cultura urbana, en algo deseable en sí mismo, como continente, como icono, no tanto por su función social y científica.

Todo esto ocurre porque se pone toda la atención en el resultado estético final. Parece que se piense antes en qué va a consistir el catering de la inauguración que en los contenidos, el funcionamiento, el personal... del museo. No digamos ya en la accesibilidad, o en pensar en el público pero no como colectivo impersonal, no como consumidor compulsivo e inconsciente de cultura rápida, no como récord de visitantes de muchos ceros, sino como persona, como sujeto destinatario, como cabeza pensante, con el que tenemos la oportunidad de establecer un flujo interactivo dedescubrimiento, de magia, de sorpresa, de deseo de conservación, de deseo de conocimiento... de interpretación del patrimonio.

El remedio a esto que consideramos una perversión de la nueva museología, es decir, a la erección de museos no funcionales, incómodos, construidos por sus valores estéticos, para mayor gloria (permítasenos la incorrección política y cultural) de gobernantes y arquitectos, el remedio, decimos, es la planificación, el trabajo previo en equipo, la reflexión y, muchas veces, el sentido común. Pero ese remedio necesita un plan coordinado por los responsables del propio museo; un equipo interdisciplinario profesional y conjuntado, en el que la arquitectura esté no por encima del patrimonio (de su conservación, investigación y divulgación) y de sus trabajadores (que pasan allí la tercera parte de su vida) y usuarios, sino a su servicio. En cuanto a la reflexie)n, seamos realistas: aceptemos que el tiempo se nos va a comer con casi absoluta seguridad (mandan los plazos de inauguración) y que no alcanzaremos el tiempo de cocción deseable, pero no renunciemos a tener un por qué, un para qué meditado para cada elemento de nuestro flamante museo. Y el sentido común se nos supone.
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