Cuando lo importante es el guía: Fisterra, pescando donde se pone el sol

Resumen

La mirada. No recuerdo cómo son los ojos pero sí la mirada. Cuando llegas al Castillo de San Carlos está él esperándote, realmente te espera. Y cuando llegas, la cara se le ilumina y te recibe con una sonrisa de satisfacción: por fin has llegado.

Te sorprende su mirada abierta y franca, de esas que no intimidan, sino que invitan. Es fácil entrar en este centro de visitantes sobre el mundo del mar gallego, sentirte a gusto y querer saber algo, mucho, todo.

Y con sólo llegar, está él para orientar tu mirada, provocar tu curiosidad y facilitar tu inmersión en un mundo extraño para muchos: el del mar, la pesca, los viajes, las conserveras y el dolor... de los que trabajan de sol a sol, de los que se quedan sin los que se llevó el mar.

No es fácil competir con ese “continente”: el centro está en un castillo del siglo XVIII, coquetísimo, chiquitito, sobre un promontorio en Fisterra, en un extremo del pueblo. En el centro de visitantes se obvia este lugar tan singular, pero sólo te das cuenta cuando te vas y eres consciente de que no sabes nada de esa fortificación con tanto encanto.
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