La silla de Eladio

Resumen

En mi salón tengo montada la granja de los Playmobil. 

Recuerdo bien cuando por fin, tuve mi propia casa. Al principio, viví en pisos de estudiante, con muebles desemparejados, desvencijados y horrendas láminas reproducciones de Monet. Después vino mi propia casa… ¡mi propia casa!

Ahora podía llenarla con mis cosas, mis objetos… pero no sabía bien cómo hacerlo para que resultara “acogedora”. Comencé a mirar en las revistas de decoración, casas impersonales y estilosísimas... Pronto entendí que ese no era el camino para sentirse a gusto, ni para que se sintiese a gusto la gente que venía a mi casa. 

Después puse bases de vasijas, como cenicero, como adorno... de la cerámica no selecta que se tiraba a vertederos controlados en un castillo en el que excavé cuando era más joven. Una cerámica vidriada verde, califal, preciosa. Los puse junto a otras piezas como réplicas de puntas de flecha, saquitos de arena regalo de amigos que habían ido a Egipto... Comprobé fascinada cómo disfrutaban mis amigos tocando estas cosas, preguntando... haciéndolas suyas. 

Entonces monté la granja de los Playmobil. Pero para que se quedase permanentemente dispuesta. Con sus animales y todo. Dispuesta para los niños y niñas que vienen de visita a casa. Pero también para mis amigos treintañeros que han vivido su infancia rodeados de estos muñequillos maravillosos. También para mí, que a veces juego un poco con los cerditos y las gallinas. Y así fue como me di cuenta  de que una casa no es para verla; es para vivirla, tocarla, manosearla, ensuciarla... ¿Tal vez debería ser igual con los museos?
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