En las Lagunas de Siecha, descubrir el territorio es un rito de gratitud

Resumen

Ascender a 3600 metros en un páramo que surte de agua a Bogotá es descubrir el privilegio de beber el agua de las nubes. (La capital se encuentra mil metros más abajo).

 

La flora del páramo se ha especializado en interceptar gota a gota el rocío, y gran parte del caudal de los ríos que le nacen viene directo de la nube, no de la lluvia. Se le ha llamado «lluvia horizontal o intercepción».

Recorrer las tres lagunas, joyas engastadas en la roca y testigos mudos del rito de El Dorado, es sentir de nuevo lo sagrado en el silencio de la montaña.

Estas lagunas recibían ofrendas votivas de oro, y en una de ellas se investía de poder al nuevo líder. El Zipa, el hombre dorado, daba fin al rito cuando desde una balsa se entregaba al agua que disolvía su vestido de oro adherido en polvo a la piel por medio de gomas vegetales.

El visitante debe recorrer los mismos senderos y ver las tres lagunas en el mismo orden que lo hicieron los súbditos muiscas que acompañaban la ceremonia.

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